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El Escultura

Una breve caminata dentro de la geometría ardiente de Luis Quesada.

ojos

Circa 1953 y Luisviaja al Congreso Continental de Cultura de Chile. Le tocó sentarse en uno de los almuerzos al lado de Diego Rivera, y éste le tomó aprecio porque Luis lo escuchaba. Diego Rivera era un hombre que ya estaba envejeciendo, y le pasaba lo que nos pasa a todos los viejos, que queremos que nos escuchen. Entonces escuchaba a Diego Rivera y él le contaba distintas cosas. Allí le contó que le tenía mucho odio a Siqueiros, porque – decía – mandó a matar a Trotsky. Cuando Trotsky fue a México, Rivera lo alojó en la casa, y parece que tuvo algo que ver también con la Frida. Aunque fue una cosa breve, porque ellos se permitían esos intercambios. Fue muy interesante lo que hablaron, sobre todo del muralismo, esa experiencia. Imagínense. Ellos conocían el movimiento de los muralistas, claro, pero conocerlo así, en forma tan directa, hablarcon una persona como él, o escucharlo a Neruda o al negro Guillén, que era todo un personaje. Luis tuvo la oportunidad de hablar bastante con ellos, especialmente con Diego Rivera. Fue muy intensa toda esa experiencia. (Extracto de Relato de Luis y Acelí, su compañera).

Luis Quesada por Estudio a Pedal, 2012

Luis Quesada por Estudio a Pedal, 2012

La luz

luis-quesada-vlov-01La luz de la mañana entra por los ventanales del hotel frente a la plaza 25 de Mayo, ciudad de San Juan, provincia homónima, Argentina.

Esa luz encuentra un espejo ideal en los ojos de Luis Quesada: se nota que los ojos de uno de nuestros mayores artistas y esa luz se llevan bien, como si la luz supiera que ha encontrado alguien que la entiende y la cobija, para devolverla en forma de obras de arte complejas, matizada en gradaciones de color casi infinitas, en piezas ensambladas desde la infancia.

Y si la luz quiere jugar, habrá encontrado en los recovecos de la mente de Luis su laberinto ideal.

¿Existe un mundo de las ideas? Si la respuesta es afirmativa, el arte parece ser una puerta, una vía de acceso privilegiada. El problema es volver a este mundo con alguna idea atrapada entre los dedos…

Es muy difícil que un hombre tenga en su vida más de una idea.Lo que sucede es que una idea se va renovando en la medida en que se vive. Existe una limitación muy fuerte de las posibilidades de pensar y hacer cosas que se independicen de lo que ya se ha hecho. Este mundo está poblado de realizaciones e ideas que superan a nuestra existencia.

Las ideas que se tienen sobre las cosas son muy pocas; a veces uno tiene la suerte de identificarse con esas cosas a las que llamamos ideas.

Trabajar en arte dentro de los estrechos límites de la historia, una posibilidad que a don Luis jamás lo paralizó. Al contrario, cada obra fue construyendo una idea que abarcó no sólo a la pintura, a la escultura, al grabado, al dibujo, al relieve. También incluyó al mundo entero, en tanto construcción imaginaria, en tanto tablero de juegos y variaciones: “esas cosas a las que llamamos ideas”, son también las cosas que vuelven visible la labor del artista.

La mirada

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Entonces,¿qué velocidad tiene la mirada?

¿Tienes una idea de lo que es el infinito? (la luz)

Si viajás a la velocidad de la luz, y recorrés 13 mil millones de años luz hacia el este,advertirás entonces, cuando hayás transitado ese espacio, que recién empezás a pisar el universo, que estás dando el paso mínimo que te permite decir que estás transitando el universo.

Y de ahí lo que puede pasar o que se puede esperar del tránsito del hombre en este mundo,  es tan limitado, que sorprende y abruma.

Se entusiasma con la ciencia, trata de explicar lo más claro posible ciertas ideas que son importantes en su obra. El entusiasmo se nota en sus ojos, pero esos ojos son los de un niño-adulto que juega con los conceptos científicos hasta hacer aflorar una imagen abstracta, que luego plasmará en piezas de madera cuidadosamente pulidas y pintadas. Como esquemas de modelos de macro cosmos, como un rompecabezas refinado.

La niñez

luis-quesada-vlov-03¿Las Influencias que recuerda, sus primeras marcas?

Yo tuve una niñez de chico de campo, muy poco preocupado de los mayores. Iba a menudo al río Tunuyán, y allí, desnudo, me dejaba llevar por la corriente.

Recorríamos grandes distancias trotando y corriendo, asentando apenas los pies en el suelo. Había un mundo: las arañas, el Carrizal, los avestruces; eso era el mundo. No teníamos otra idea de la grandiosidad del mundo, no teníamos la pretensión de alcanzar el límite de las cosas.

Desde luego, quien se lanza desnudo a un río, asume riesgos. Quien se lanza a ese mundo paralelo, espejado de la pintura, asume riesgos. Y tal vez, como sugiere don Luis, ése es el mundo.

De la infancia, recuerdo la fiesta modesta, la posibilidad de compartir.

luis-quesada-vlov-04Para algunas fiestas, se hacían unas fritangas de cien yemas de huevos de avestruz, y se hacía una especie de tortilla gigantesca, que se cortaba y repartía entre los visitantes. Primero a las mujeres; luego a los niños, que se iban contentísimos, porque no todos los días los chicos del campo comen.

Las fragancias de una comida compartida en el campo: es una imagen que vale la pena perseguir a lo largo de los años. Como un color esquivo, como una trama largamente soñada.

La geometría

luis-quesada-vlov-05 ¿Es posible encontrar a Durero?

El corte infinito en el cuerno de una vaca

Me encontré un cuerno de vaca andando por ahí.  Fui cortando pedacitos, hice anillos, y con los pedazos más anchos, hice pulseras. El resto lo recorté en pedacitos: cuadrados, triángulos, hexágonos. Luego los herví, los ablandé, los aplané, lo cual me permitía recortar figuras geométricas muy difíciles de lograr. No logré un heptágono, pero luego me enteré de que Durero tampoco pudo hacerlo.

Durero, un artista-científico del Renacimiento alemán, como don Luis, creyó en las estructuras, en el silencioso orden de las líneas que se cruzan sobre un plano, don Luis y Durero persiguieron afanosamente la enigmática figura del heptágono. Tal vez no lo lograron, pero ¡cuánta obra nació de esa búsqueda!

Los colores

luis-quesada-vlov-07¿Qué hay en una caja de lápices de colores?

La iniciación de un mundo ensamblado.

Para que me quedara quieto, mi madre me compró una caja de lápices de colores, yo dibujé copiando la tapa de esa caja. Fue la primera vez que conseguí que se pensara que yo había hecho algo razonablemente bueno.

Eso y el corte con aquella sierrita dieron por resultado esta obra. Desde las pinturas hasta las esculturas más grandes, parten de esas dos cosas.

¡Crear es sacar cosas de la nada!

Un primer gesto, el de la copia, vive y sobrevive en el arte de Occidente. Pero también es posible fragmentarlo y volver a ensamblarlo.

No cuesta demasiado imaginar que en cada obra de Luis Quesada existe una cita, un fragmento de su caja de colores de infancia. Y que una sola y prolongada línea las une con esa primera luz sobre un modesto papel, ya perdido entre tantos papeles y la felicidad de pintar cada día de una vida profunda como el río.

Secretos del Parque Escondido

Por Alberto Sánchez Maratta – Fotos: Estudio a Pedal

El tiempo de los charcos

En el Parque de Mayo, en ciertos charcos de agua, el tiempo atrasa. Están en algunos senderos que es inútil describir, pues cambian su apariencia cada noche. Los melancólicos, los solitarios, las mujeres abandonadas, los conocen. Basta caminar con la cabeza baja a las dos de la mañana para que los ojos encuentren imágenes que el tiempo parecía haber borrado para siempre. Los peores, los más traicioneros, son los de agua turbia que aparecen después de las tres de la mañana: en ellos se puede ver a los abuelos que nos hablaron por última vez hace veintidós años, o la imagen de la ropa que usamos a los once, en una habitación de adobe perdida en
Trinidad. Ojos que amamos como a nadie, nos miran desde nuestro reflejo, confundidos para siempre. La gente busca sus respuestas a diario en los libros de autoayuda, en las pantallas que brillan en sus casas, en los charlatanes de a ochenta pesos la hora. El Parque las devuelve cada noche desde un modesto charquito perdido entre sus árboles.
Pero casi nadie ve.

Pandora

Permanece arrumbado desde hace años, a unos metros de la calle 25 de Mayo.
Para el desprevenido, sólo es uno más de los carritos de chori, que de día nunca abren, perseguidos por inspectores municipales animosos.
Ostenta tres candados de bronce algo desmesurados, clausurando su única puerta de chapa.
Naturalmente, semejante obstáculo no es para los ladrones que se abstienen cuidadosamente de pasar cerca
del carrito. En verdad, los candados impiden que salga aquello que nadie quiere nombrar.
Desde que una humilde adolescente llamada Pandora, abrió esos tres candados por única –y última- vez, todos sabemos que el carrito se mira y no se toca.

Soplo alumbro

Se puede sentir sólo en tres de los innumerables bancos de madera. Sopla, a veces en las siestas, pero casi siempre es de noche. Se dice que viene desde la pérgola que algún animoso funcionario pinta de amarillo de vez en cuando, como si el aire clásico y tranquilo de una columna le molestase. Sopla, inmaterial y lento; es un viento tibio y también se cuenta que es porque guarda celosamente todos los suspiros y llantos repentinos, el calor de los abrazos olvidados. Quien lo siente en la piel, siente también un sobresalto, cuando cree reconocer la querida voz de la sangre corriendo por los brazos que se apagaron de a poco hasta volverse rama seca.

No tiene nombre aún, pero es viejo como el mismo Parque y quizá ya revolvía los caminos, confundía a las niñas buenas, encendía los ardores de los que se adormecían a su aire, antes del primer árbol.
Su toque hace brillar los ojos del busto del poeta cuyo nombre hemos olvidado, muy cerca de la Avenida San Martín: y canta la piedra de su carne, llora la cal de su modesta pátina, mientras unos metros más allá, enloquecemos por falta de crédito en nuestros teléfonos, por nuestras jubilaciones, los premios ganados y perdidos, las cosas importantes en las que jamás corren esa clase de penas y de vientos que alumbran.

Y duerme, y sueña.

Otros parques ostentan sus brumas y neblinas: sus fantasmas padecen la lenta oxidación de sus articulaciones; rechinan en la madrugada, al retornar a sus lugares de descanso.
En el Parque de Mayo en cambio, sus criaturas nocturnales se agrietan repentinamente en una ráfaga de viento Zonda que les llena la boca de arena. Aún los mendigos-licántropos del túnel del trencito no salen esa noche, pues saben que las damas vaporosas que cenan las exóticas creaciones del chef del Chorisaurio faltarán puntualmente.
Y duerme, y sueña. Toda la inmensa respiración de la arboleda, la sonrisa lenta de sus pequeños monumentos, incluida la de la niña que hace llorar sin razón a los que descansan bajo su sombra, duermen, momentáneamente acunados por la oscuridad de apagones repentinos. Dentro del Parque, sopla el Zonda, y las luces de la razón se apagan.

La lluvia como memoria

Si se camina bajo la lluvia en el Parque de Mayo, el paseante constatará asombrado algunas cosas. La más evidente: que él mismo es casi la única presencia con algo de humano, pues en noches así, la gente está engordando o bien procreando, al abrigo de sus fogones.
Otra constatación, bien distinta, es que hay sectores que el agua no logra mojar, por más que la lluvia caiga pesadamente en cortinas grises.
Y es que los árboles guardan cuidadosamente algunos pedacitos de tierra que consideran sagrados. Las razones de semejante celo nos resultan ajenas, pero ciertas crónicas encontradas en las paredes de los baños públicos del Parque nos deparan algunas pistas. Algunas parcelas son preservadas por los árboles porque allí se quebró para siempre un gran amor, tal vez uno de los más grandes de la historia (condición que hasta los mismos amantes ignoraban, enfrascados como estaban en sus rencillas). Otro famoso sector que jamás se llueve, cerca de la calesita, acuna por última vez a los perros callejeros que morirán al día siguiente: están sentenciados, pero el Parque los cobija en su noche final, allí donde nada les puede pasar hasta su instante último. Mirando atentamente, se pueden ver las huellas de sus patas, moldeadas para siempre en ese pobre charco de tierra polvorienta, ya a salvo de los hombres y su historia ajena. En nuestra soberbia, levantamos monumentos en el Parque, ignorando por completo que la verdadera memoria no es de piedra ni de gestos congelados, sino de huellas que el viento jamás toca.

Edén

De invierno en invierno, el jardín crece.
Frío tras frío, se suman de a dos, de a cinco. En años terribles, llegan en grupos desmesurados.
Los perros del parque poseen el saber ver. Los reciben, niños perdidos, faltos de luz o de aire, cerca de la calesita, en un modesto edén. No hay nubes rococó, ni ángeles tañedores de celesta, o fuentes inmortales.
Las diferencias existen también en el otro mundo, y el edén de los niños perdidos mora en torno a caballitos de madera, autitos de lata y colores desvanecidos.
Sin embargo, de ellos es la rama más florida y secreta de la isla del lago, y el brillo blanco que ya no pueden tocar. Para ellos canta Leda, desde un lecho húmedo y verdoso.
Y el Parque, habitualmente indiferente a la humanidad enloquecida, guarda insomnio en esa eterna hora nocturna de sus juegos.