La rebelión de la chancha

contrabajos-01Un chimpancé puede aprender físicamente a hacer lo que yo hago.
Pero esto va mucho más allá de eso.
Cuando tocas, tocas vida.
Jaco Pastorius

Cualquiera puede hacer lo simple, complicado. Creatividad significa exactamente lo inverso: hacer lo complicado, simple.
Charles Mingus

Micro/preludio

La vida de una persona cambia, muta, innumerables veces. Algunas, con mayor impacto visible: heridas, sangre y formas. Otras, de manera interna, leve o gigante, pero imperceptible para los habitantes del resto del espacio. Nos enamoramos, cambiamos. Hijos, cambiamos. Nos corren, cambiamos. Nos aceptan, cambiamos. La mítica creencia de que somos uno solo inmutable, con valores y percepciones incólumes, cede ante la flexible realidad de lo cotidiano. Nelson, el motor de esta aún-micro-revolución, cambió tanto como pudo. Y hoy, puede estar cambiando más que sólo su espacio. Quizás, esté tramando una terrible rebelión. En la granja. En nuestra granja.

contrabajos-04Orwellandia

Les presentamos, en una misma línea de texto, a Nelson, Raúl, Leticia y Eric Arthur Blair, más conocido este último como George Orwell, protagonistas de la historia que sigue. Podríamos delinear algunos nombres más: Napoleón, Snowball, Jones, otros habitantes de la Granja Manor y algunos más que no nombraremos del taller de contrabajos y sus callecitas suburbanas.

Había llegado a nosotros una vaga historia. Algo, una señal. Las señales se caracterizan por su amplitud y período, y en este caso, ambos eran minúsculos. Un amigo de un amigo, un conocido en una feria, un cuento al oído, una llamada telefónica, dos llamadas, tres llamadas. Algo pasaba con un pequeño grupo de prisioneros rebeldes de Sinfonicity, la isla donde los músicos herejes son enviados a pasar el resto de sus días tocando el mismo instrumento y la misma partitura, sin variaciones, hasta que mueren, más de aburrimiento que por la tortura misma.

-Tienen que ver lo que está haciendo esta gente en Zonda, contrabajos enteramente de madera sanjuanina.
-Un bodrio.
-No, suenan como ninguno en el mundo.
-¿No exagerás?
-Sí, pero, a decir verdad, están cerca de eso.

Vale aclarar que, históricamente, los mejores contrabajos se construyen de maderas nobles, casi exclusivamente europeas y preferentemente alemanas o italianas. Ébano, abeto, arce. Para que sea un instrumento respetado, primero debe mostrar pasaporte de aquellos lugares, y de suficiente edad en la madera tal que su sonido sea el que amerita un músico que de virtud y excentricismo se precie.

Resulta que algunos animales de la granja se están rebelando. Y están cerca de las montañas, acá nomás, en el oeste medio de Argentina.

El señor Jones, propietario de la Granja Manor, cerró por la noche los gallineros, pero estaba demasiado borracho para recordar que había dejado abiertas las ventanillas. Con la luz de la linterna danzando de un lado a otro, cruzó el patio, se quitó las botas ante la puerta trasera, sirvióse una última copa de cerveza del barril que estaba en la cocina y se fue derecho a la cama, donde ya roncaba la señora Jones.

contrabajos-10La triple Nelson

Nelson investigó tempranamente los misterios de la música, como un niño puede hacer y un adolescente agitar, mediante el piano y la guitarra. Hasta que a los 16 años, se ató al bajo, como le dicen en el ambiente. El contrabajo, para nosotros los indocumentados.

Y ese contrabajo lo mareó por caminos sinuosos, más que lo que los Beatles cantaban prolija y melancólicamente en «The long and winding road». Su vida, contra las cuerdas y la madera, transitó por Estados Unidos, a veces estudiando en Pittsburg, en la Universidad de Carnegie Mellon; otras, tocando en otros puntos del norte; luego por la Argentina y Brasil, pasando por La Plata, Manaos, Córdoba, Río de Janeiro, San Juan, Salta, La Rioja. El Profesor Nelson y su mapamundi de concursos ganados a fuerza de virtuosismo y coraje. Porque andar así, de orquesta en orquesta, despertando en Taiwán con la orquesta juvenil mientras extrañaba el occidente de su primera hija, que jugaba a «la pilladita» en San Juan, era patria de los muy valientes. «Yo, visto de afuera, sería un típico padre ausente», dice Nelson. Cuánto se claudica, cuánto se entrega, cuándo se deja de ir en pos de un objetivo de este tipo. Cuántos son los hijos capaces de reconocer en el sueño del padre la realización y el triunfo sobre los miedos propios, que cualquier humano considera fundamental para romper los límites sociales.

Concursos y más concursos. Trenes, aviones y tractores. «Besos por celular», hubiera sido la frase que pintase de cuerpo entero en algún momento su relación con los seres queridos y dejados atrás. «Hoy no me quiero separar de ellos», dice pensando en sus hijos. Pero llegará el turno para que ellos y sus decisiones, tanto como las de él, sean independientes, personales, parteaguas.

Luego del ir y venir, de gastar las suelas de los aviones y los colectivos, de raspar el pavimento con el instrumento, entendió, ya pasado el 2009, que era hora de dejar crecer las raíces de las plantas de sus pies, sobre la falda de la precordillera. Sin saberlo, Zonda estaba cerca. Pero aún cuando estaba cerca de su destino, apenas a algunos años en el futuro, nosotros teníamos que llegar allí y encontrar su taller, ya parados en el presente.

contrabajos-05Llegar a Zonda, en San Juan, no es difícil. Encontrar allí un taller de lutería con varios contrabajos a medio armar y alguno listo para sonar, es casi utópico. Podría ser producto de alguna opiácea. Taller de adobe, esquina, vieja casona. Barbas de paja del adobe lastimando los vértices de las paredes. Pintura como manchas, manchas como pintura. El cielo de las cinco de la tarde, en la falda de la precordillera, si no hay viento fuerte, es celeste. Celeste fuerte, limpio. Restos de fuego, de algo de carne del mediodía, un termo, mate. Tierra en las paredes, tierra en el piso, tierra en la tierra. Y no es mugre, es tierra. De la que nos sostiene y te enharina cuando la pisás y volvés sobre ella. Entrando al taller, la tierra sigue donde debe estar: por doquier. Mesas grandes, de más de ochenta centímetros de alto y buena superficie para limar, martillar, prensar, encolar, suavizar, acariciar. Un contrabajo armado sobre estas mesas es una hermosa mujer gorda, desnuda, perfumada, tendida con una sonrisa. Una mujer gorda es mucha mujer, a veces, y un contrabajo es mucho trabajo, siempre.

Caminamos entre maderas enteras, maderas cortadas, maderas rotas, maderas limadas. Maderas con forma de caderas, maderas con forma de planetas. Trozos de árboles que son de madera, pero que nos rememoran más a la planta que a una parte de algún instrumento.

Una gran sala con su apéndice, una sala pequeña, diminuta, con un contrabajo de frente claro, apoyado en la esquina. Contrabajo y coyuntura, rezaría un ensayo sociológico. En una vieja esquina de la habitación, como vieja la casa y las paredes que sostienen al doublebass que amurado espera somnoliento que alguien lo rescate del ostracismo de un jueves zondino.

Allí nos recibe mucha gente, más de lo que normalmente hay en el taller. Aunque en especial vamos a encontrarnos con Nelson, el mentor rebelde, y Raúl, el lutier rescatado de la metrópoli.

Yo soy de Buenos Aires –cuenta Raúl Apaldetti, luthier desde hace años, por vocación–. Si bien laburé en otras cosas, esto ha sido mi pasión siempre, principalmente construyendo instrumentos más pequeños. Llegué a San Juan buscando cambiar radicalmente de vida, aunque nunca imaginé cómo sería el cambio.

Muy cerquita, en el taller, anda Leticia, recién, pero recién casi ahora, pariendo mellizos, cebando mate y siendo parte vital en esta historia. Contrabajista también, como Nelson. Nelson Videla y Leticia Naput comparten la chancha. Y no hay tocino en esto. El contrabajo los unió, y les dio un camino para pintarle las guías. Además de músico, Nelson se vistió de lutier de manera temprana, cuando empezó a pensar en más cuerdas para el mismo diapasón, y se arriesgó a agregarle una quinta y caminar con los dedos y el arco tamaño animal.

Dan vueltas por el taller, hablan, trabajan. Se mueven a algunos centímetros del piso. Escena que una vernácula J.K Rowling soñaría para el inicio de su conjuro «harrypotteriano». Los músicos de Azkaban. Especie de magos que encienden el caldero. Ansiosos, nos cuentan la historia acerca de cómo construir estos instrumentos en San Juan. Y todo se ordena a partir de la construcción de su primer contrabajo con madera no convencional.

contrabajos-03A poco de llegar –continúa Raúl- leí una nota en el diario: «Intentarán fabricar contrabajos en San Juan». Iba en el colectivo pensando en que no era fortuito haber leído esa nota a tres meses de estar en San Juan. Empecé a buscar a Nelson usando la guía de teléfono. Llegué finalmente a su abuela, que me contactó con él. Lo enganché varios días después, le mencioné el diario. «¿Vos por qué me llamás»  me preguntó Nelson desencajado. Luego de la explicación y de escucharlo tocar en Casa de Gobierno en la presentación del emprendimiento, me dijo «Venite mañana».

«Contrabajos únicos con maderas de San Juan». Eso le contó Nelson al inicio del camino. El presentimiento que tenían debía ser corroborado: en esta parte del mundo, por su amplitud térmica, los viñedos y su riego, el clima seco, debía existir la materia prima mucho más que adecuada para construir el mentado bajo. Y no eran recursos lo que precisamente sobraban. Aquí la magia duerme sobre el trabajo.

Como tradicionalmente se usan maderas de Europa para la construcción de estos instrumentos. Para nosotros fue un laburo muy grande el de investigar y tratar de suplantarlas.

Lo primero que hicimos fue salir en el Fiat 147 a buscar madera para el primer instrumento. Estábamos cortados, no teníamos un mango. Si hasta armábamos el contrabajo bajo una media sombra, a la intemperie.

Estábamos faltos de herramientas, apurados. Lo importante era entender la factibilidad del tipo de madera que habíamos conseguido. Ver de dónde sacábamos la materia prima adecuada para construir, desde San Juan, contrabajos que le pelearan cabeza a cabeza el espacio a los más grandes.

Encontramos al principio una madera que era un pino especial de acá, que estéticamente era feo. Pero lo usamos porque necesitábamos lograr el sonido y luego depurarlo.

Raúl nos muestra el contrabajo apoyado en piso de tierra, en la pequeña salita de adobe:

-¿Viste? Acá está el primer instrumento que logramos con el pino que les contaba
-Era como un prototipo
-Crototipo. Nosotros le llamamos «crototipo». Me gusta más que «primogénito».

Lo que buscábamos nosotros en esta instancia era encontrar una madera que, al suplantar la original, encontrásemos el mismo sonido. Y lo logramos ya con éste, con álamo y pino. Álamo, barnizado. Escuchá.

Y escuchamos con fuerza, porque el cuarto es pequeño y el alma es sensible. Y los oídos traicionan, o se dejan traicionar. Fáciles, dirían en el barrio. Esa mística de la música en la intimidad derriba paredes.

Nelson aclara que el primer contrabajo, el mentado crototipo, es de álamo con tapa de pino. Y es un problema: no había pino del que necesitaban, por lo que la tapa de ése primer instrumento se tuvo que hacer en varios segmentos. No estaban conformes, deseaban menos piezas, otro concepto.

-Ese bajo que les mostramos sonó el 8 de mayo del 2012. Fue una historia de las que guardamos.
-¡Sí! Para la tapa de ese instrumento, habíamos llegado a los espesores de madera que los planos dicen, y no sonaba nada al golpearla. Parecía un tablón para comer asado.
-Nos miramos y dijimos: «le saquemos madera, probemos, a lo sumo se partirá».

contrabajos-07Le sacaban madera, lo frotaban, lo restregaban. Menos espesor. Y si bien la madera decía algo, se mostraba atenta a las cuerdas, algo faltaba. Siguieron sacando madera de la tapa hasta que quedó de algunos escasos milímetros.

-Imaginate que cuando está montado, con puente y cuerdas, esto llega a ejercer casi 300kg de peso sobre la tapa. Era riesgoso.
-Después de todo eso, empezó a sonar. En el medio, durante el proceso, rompimos tapas, se quebraron, se astillaron. Pero finalmente, ahí teníamos al cantor. Estábamos encontrando las medidas precisas para esta madera y este instrumento. Cada instrumento, según nuestro concepto, tiene su propio espíritu. Cada árbol tiene su vida, su forma, su compresión, sus curvas. No podés tratar a todos los instrumentos como si fueran lo mismo, porque perdés el alma.
-Es como el terroir del vino.
-Sí. Así le decían a un amigo: El terror del vino.

Después de que construimos el primer contrabajo, lo cargamos -recién nacido- en el auto y nos fuimos a mostrarlo a Buenos Aires y luego a Santa Fe. Íbamos midiendo de manera permanente cómo respondía el bajo a la humedad y al clima. Cada media hora llamaba por teléfono a Raúl – cuenta Nelson– y le decía «la madera está intacta, responde maravillosamente». Habíamos logrado un instrumento real, sonoro, tremendo.

Allí se probaban también las piezas moldeadas por la combinación de Alfredo Segura, el tornero, e Illanez, el maderero, y todo en base al diseño de los nuevos creadores. Diseñaban con detalle hasta las clavijas.

No entendemos, desde afuera, que el sueño estuviera específicamente relacionado con el negocio de los contrabajos, sino con el tremendo desafío de lograr instrumentos únicos, con alma. Que suenen como un músico sueña. Y en esos casos, los sueños suenan sanadores. Algo tenían Nelson y Raúl que sanar.

Tremenda manera. Tremenda madera.

Son de madera

Veamos, camaradas: ¿Cuál es la realidad de esta vida nuestra? Encarémonos con ella: nuestras vidas son tristes, fatigosas y cortas. Nacemos, nos suministran la comida necesaria para mantenernos y a aquellos de nosotros capaces de trabajar, nos obligan a hacerlo hasta el último átomo de nuestras fuerzas; y en el preciso instante en que ya no servimos, nos matan con una crueldad espantosa. Ningún animal en Inglaterra conoce el significado de la felicidad o la holganza después de haber cumplido un año de edad. No hay animal libre en Inglaterra. La vida de un animal es sólo miseria y esclavitud; ésta es la pura verdad.

contrabajos-08Probablemente hemos roto una tradición de cientos de años de la lutería: estamos haciendo un mismo instrumento con un único árbol. Todo el instrumento sale del mismo árbol, físicamente. En los instrumentos tradicionales, una parte lleva un tipo de madera y otras llevan un tipo distinto. En general, la tapa es el alma del instrumento y lleva la mejor madera. Nosotros, por casualidad y por decisión llegamos un a resultado distinto.

No bastaba con sus oídos y sus manos, su sensación al tacto, su percepción auditiva, para corroborar que habían logrado algo trascendente. Tenían que sacar a pasear «la chancha» y que otros la analizaran.

Hace un tiempo atrás, llevamos un instrumento casi terminado y algo de madera al CONICET, para entrevistarnos con el director, en Mendoza. Él no sabía bien a qué íbamos, y yo me puse a tocar. «¿Y esa qué madera es?», nos preguntó. «Fíjese usted que sabe», contestamos. «¡Esto es álamo! -nos dijo- esta es madera que acá se utiliza para cajones de fruta». La analizó microscópicamente. No entendía cómo podíamos lograr ese resultado con el espesor y dureza de la madera que le llevábamos.

Históricamente, usar esta madera, por sus características, hubiera sido refutado por cualquier técnico. Nos jugamos haciendo la tapa como pensábamos y el sonido fue increíble. Hicimos ese instrumento en cuatro meses, construyéndolo dos veces de manera completa.

Aunque en el fondo de la rebelión, lo más difícil de procesar es que la madera que ellos necesitan está ahí, en las calles, babeadas por las acequias, cuidadas por los parrales –hoy sofisticados viñedos o vineyards– pisadas por los descuidados transeúntes ocasionales de un Zonda anodino, campestre, peloteado por «picaditos» eventuales de la tarde antes de las semitas.

Zonda está lleno de la madera que necesitamos. Hemos pasado horas recorriendo y buscando árboles por las calles, los tirados, los caídos, los esbeltos. Hemos llegado a desguazar árboles tendidos en el piso, de cinco mil kg, para probar el resultado. Días y días con motosierra y voluntad pura, hambre y sueño. Mirando vetas y capas. Presentíamos que ahí estaba lo que necesitábamos. 

La sensación que transmiten es que están rompiendo un paradigma, una tradición. Se percibe su emoción, su compromiso. Se rebelaron contra las formas y las normas. Los contrabajos no se pueden construir como línea de producción, por tamaño, sonoridad, cantidad de madera. Están reconstruyendo el paradigma.

En un momento de una de las charlas, en el taller, apuran el armado de un contrabajo que estaba casi listo. Uno de los dos instrumentos que tenían como destino a Brasil, pero que finalmente terminaron en manos locales, como las del maestro Oscar Carnero, actualmente solista en la Camerata Bariloche, en la Orquesta Sinfónica Nacional, y en su momento, en la Super World Orchestra. Lo colocan en la mesa, le estacionan el puente, enhebran las cuerdas, afina Nelson. Desenfunda el arco. Apoya el pie del contrabajo en la tierra. El pie se ensucia. Se levanta una levísima bruma de polvo. Asienta el pecho en la espalda del bajo. La humedad de la respiración de Nelson empaña imperceptiblemente el costado superior del instrumento. Silencio. Silencio absoluto. Nelson levanta la vista. Sentimos el temor del que está por ser ejecutado. Pulsa la primera nota. Suena el primer pulso. Notamos la pulsión del sonido. Los graves te pegan acá. Acá. ¿Se entiende? En el pecho, el escudo flojo del corazón. Estamos emocionados. Dante intenta abrazarme. Yo intento abrazar a Nelson, lo que lo haría dejar de tocar. Lo evito. Todos volamos. Leticia nos trae de nuevo al lugar. Con mate.

La ruptura

¿No resulta entonces de una claridad meridiana, camaradas, que todos los males de nuestras vidas provienen de la tiranía de los seres humanos? Eliminad tan sólo al Hombre y el producto de nuestro trabajo nos pertenecerá. Casi de la noche a la mañana, nos volveríamos ricos y libres. Entonces, ¿qué es lo que debemos hacer? ¡Trabajar noche y día, con cuerpo y alma, para derrocar a la raza humana! Ese es mi mensaje, camaradas: ¡Rebelión!

«Me cansé de dar vueltas por el mundo con instrumentos de calidad bastante menor, mientras admiraba las “ferraris” de mis pares», cuenta Nelson.

contrabajos-06Para los músicos de estudio, los límites de su capacidad tienen mucho que ver con el instrumento que ejecutan. Con su naturaleza, su capacidad expansiva y expresiva, su cercanía con el concepto de lo que tocan y acerca de cómo lo ejecutan. El instrumento es, sin dudas, su cuerpo. Una extensión de su creatividad. Mejor, su creatividad misma. Cuando se toca el contrabajo, el bajo grande, se lo abraza. Se apoya el pecho en él, se acaricia. El contrabajista, para no reducirlo al académico mote de «músico», es el contrabajo mismo. No se puede dividir claramente su cuerpo del instrumento. El tiempo que ocurre entre la sinapsis, la creación neuronal, las ideas y su traslado por el manojo de nervios medular a los músculos, y desde estos, a su vez, a las manos, al arco, a las cuerdas y finalmente a las notas audibles, es centesimal. No hay tiempo para dirimir detalles molestos con instrumentos que no estén a la altura de la capacidad de la mente del ejecutante. Ni siquiera hablamos de destreza, hablamos de fusión entre la mente y el sonido.

Alguna vez contamos que Nietzsche recordaba con profunda emoción aquel momento en que, muy limitado por su ceguera progresiva, aprendió a usar su máquina de escribir, y a escribir sin mirar. Entender que lo que pensaba se transfería directamente al papel, sin el filtro de los ojos, y que sus ideas no tenían un intermediario a veces incómodo, condicionante, fue estremecedor para él. «Quiero imaginar la música y que suene en tu cabeza, directamente» parece haber pensado Nelson. Y su primer paso fue construir su propio mecanismo de transferencia: el contrabajo propio.

Necesitábamos construir nuestro propio instrumento si queríamos progresar sin depender de comprar carísimos bajos importados. No era posible que, teniendo toda la materia que necesitamos acá, alrededor, tuviésemos que pagar sumas incomprensibles por instrumentos que vienen de otro lado. Pero no tiene que ver con el costo, esencialmente, tiene que ver con la calidad. Sos lo que tocás, «con» lo que tocás. Y eso no tiene que ver con precio, sino con el alma y la calidad del instrumento. Tu instrumento debe ser tu mejor opción.

Hubo un momento en que entendimos que habíamos llegado a un techo si seguíamos girando con instrumentos prestados. 

Tocaron veinte años con instrumentos impropios. Y cuando digo impropios lo digo para que suene así, mal, incómodo. Rebelde. Impropios porque no eran de ellos, e impropios porque eran fieros. Léase de manera correcta: «fie-ros». Y las fieras, a menudo raspan. Un contrabajo no debería raspar.

Acá no se trata de pasar factura a las chanchas que cabalgaron en piara con los contrabajistas que pasan por las escuelas, los inicáticos, sino por entender que un músico se completa con su instrumento. Un músico y su instrumento no son dos cosas separadas. Es una misma cosa partida en dos mitades. Entonces, una mitad de melón dulce y jugoso (lo mismo que una naranja, diría el Cuchi Leguizamón) junto con otra mitad sosa, seca y semi-podrida, difícilmente podría considerarse un mismo fruto. Suena más bien a injerto. Un instrumento mediocre nunca completa a un buen músico.

Los siete mandamientos de la granja

El hombre es el único ser que consume sin producir. No da leche, no pone huevos, es demasiado débil para tirar del arado y su velocidad ni siquiera le permite atrapar conejos. Sin embargo, es dueño y señor de todos los animales. Los hace trabajar, les da el mínimo necesario para mantenerlos y lo demás se lo guarda para él.

Según nuestro acompañante George Orwell, en el nuevo orden establecido en la granja luego de correr a los humanos y tomar el poder absoluto, los animales pintaron en el granero sus nuevas reglas:

1. Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo.
2. Todo lo que camina sobre cuatro patas, o tenga alas, es un amigo.
3. Ningún animal usará ropa.
4. Ningún animal dormirá en una cama.
5. Ningún animal beberá alcohol.
6. Ningún animal matará a otro animal.
7. Todos los animales son iguales.

¿Y cuál sería entonces el Manifiesto propio de estos transformadores, cuáles los mandamientos de este proceso tan lleno de madera? ¿Quiénes serían sus enemigos? ¿Acaso deberían declararlos de manera manifiesta? ¿Necesita un sueño de enemigos para poder construirse?

Los músicos de estudio se hacen con disciplina, con trabajo. Cuando mis amigos se iban de joda, yo tenía que seguir estudiando. Eran horas y horas, días completos en la escuela de música. Mis dedos parecían almejas – cuenta Nelson.

Pensamos que los mandamientos de la granja tienen sus análogos en el micro-mundo de la fabricación de contrabajos de Nelson y su comunidad:

  1. Enemigos son aquellos que se interponen personalmente (su ego) por delante del objetivo común.
  2. Amigos son aquellos que suman sin pretender en épocas tempranas resultados que sólo se ven en etapas tardías.
  3. Los contrabajos deberán lucir como la persona que amás: no importa cómo esté vestido, deberá despertarte amor al mirarlo.
  4. Si no se termina el instrumento no podrás irte a dormir. Si dormís, deberás soñar con el instrumento que estás construyendo.
  5. No beberás alcohol, si eso no contribuye a terminar el instrumento infinitamente mejor que si no lo hicieras.
  6. Un bajo nuestro no es mejor que otro bajo nuestro: es distinto.
  7. Nuestros bajos son los mejores del mundo. Más precisamente, de la historia de la música.

Todo aquel año, los animales trabajaron como esclavos. Pero eran felices en su tarea; no escatimaron esfuerzo o sacrificio, pues bien sabían que todo lo que ellos hacían era para su propio beneficio y para los de su misma especie que vendrían después, y no para unos cuantos seres humanos rapaces y haraganes.

Quemen todo

En algún momento queremos hacer instrumentos con un fin social, accesibles, para que los pibes aprendan sin luchar contra el bajo, no queremos olvidar lo que nos pasó. 

Leticia y Nelson cuentan que si no vuelven sobre su historia y contribuyen a romper la inercia del entorno que los llevó a esperar decenas de años para fabricar sus propios instrumentos, serían una pieza más del sistema.

Discurrimos en esa charla entre la necesidad de explotar el momento que viven, tomar y procesar los pedidos de contrabajos que empiezan a llover desde diversos lados del mundo, inclusive de músicos con suficiente prestigio como para ponerse un esmoquin y llevárselos en persona –de hecho así lo hacen prácticamente–, y que esta situación de reconocimiento no sea a la vez una traba para generar instrumentos de alta calidad para el país y la zona: contrabajos de acá para alumnos y músicos de acá, con recursos locales y posibilidades también autóctonas.

Eso sería el antídoto para cambiar el final de la malograda granja Manor de Orwell. No volverse parte de aquello que aborrecés.

Entonces contemplaron lo que Clover había visto. Era un cerdo, caminando sobre sus patas traseras. Un poco torpemente, como si no estuviera totalmente acostumbrado a sostener su gran volumen en aquella posición, pero con perfecto equilibrio, estaba paseándose por el patio. Y poco después, por la puerta de la casa apareció una larga fila de tocinos, todos caminando sobre sus patas traseras.

¿Qué era lo que se había alterado en los rostros de los cerdos? Los viejos y apagados ojos de Clover pasaron rápida y alternativamente de un rostro a otro. Algunos tenían cinco papadas, otros tenían cuatro, aquellos tenían tres. Pero ¿qué era lo que parecía desvanecerse y transformarse?

Doce voces gritaban enfurecidas, y eran todas iguales. No había duda de la transformación ocurrida en las caras de los cerdos. Los animales, asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.

En esta tierra tan especial, plena de árboles con vida y destino de contrabajos, emulando a Pandora, la luna del planeta Polifemo de Avatar, Nelson y Leticia construyeron lo que hoy es el evento grupal más importante de contrabajos de Latinoamérica, el Contrastes. Thomas Martin, Daniel Marillier, y más tarde Thibault Delor, pisaron la arcilla de San Juan, para el hoy clásico evento, este Encuentro Internacional de Contrabajistas en el que esa redondez de madera, de entre 12 y 15 kilos, se pasea de mano en mano sonando como viento Zonda, ronco y caliente. También anda rondando por ahí el tibio y amargo recuerdo de la EcTA: Escuela del conTrabajo Ambulante, un ambicioso emprendimiento cultural-social itinerante, concebido entre Nelson, Javier Becerra y el antes mencionado Thibault Delor, con ambiciones latinoamericanistas y, permítaseme la alegoría, músico-revolucionarias. Aunque, como en algunas revoluciones, los egos se comen a las personas. Orwell lo relata con maestría en los pasajes finales de su obra: cuando Napoleón, el cerdo líder, toma el mando y se vuelve su propia sombra.

contrabajos-02En algún renglón del futuro, Nelson intentará retomar una idea en pausa, que fue de alguna manera primigenia a todo esto: producir cuerdas de cobre, aprovechando la riqueza natural de ese metal en San Juan. Claro que están los que dicen: «…tanto que las mineras ponen monedas para cualquier destino liviano, sería bueno que de una vez le metan a la cultura en serio…». Y quien dice eso no se equivoca: cultura no es solamente organizar recitales o promocionar músicos. Es, sin duda, hacer que más personas sean músicos de profesión, como opción. Y para eso, debe haber más instrumentos en la calle, más populares, mejores, asiduamente escuchables y al alcance. Salir de los márgenes. Y en eso hay responsabilidades compartidas: Estado, sociedad, elites, cultura.

En la historia actual dan vueltas, como en un cinegraf, imágenes de mucha gente que se subió a este tren. Gente y más gente. Vecinos, amigos, curiosos, laburantes. Llamativo hecho éste de que la gente sea indispensable para un proyecto que rompe paradigmas. Y en esa ruptura, las personas nombradas no tuvieron ningún interés económico: podían aguantar. Los proyectos transformadores, sin importar su tamaño, suelen apoyarse en personas que se suman al mismo, porque ven en él parte de sus propios sueños también. No importa qué me vas a dar a cambio. Importa qué te voy a dar para que sumés y logremos «el cambio».

Por allí anda sonando ZahaZaat,  «corazón de árbol» en Huarpe, futuro sello de los instrumentos.

Y se respira en el aire del taller el Kay te Kutek, o «acordarse del fuego», en Huarpe también.

Porque olvidarse del fuego, es otra manera de quemarse.

Aunque esta madera, la recién descubierta, la de no más futuro de cajones solamente, parece guardada para arder en manos de terribles músicos, de tremendas obras, alimentada por dedos de virtud y deseo.

Y esto es un incendio noble.

Los sueños

-un día-
vinieron a clavar bandera
y nos dieron
en la ingle
en el pecho,
donde
el techo
armaron,
y al oído,
con la lengua
afuera,
nos soplaron:
“Apuren.
Parece que no,
pero ahí
anda el perro
que se come a los cobardes.
Y los tiene marcados”.
Coward Dreams, J.B. Marsalis

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