El cielo que nació del Médano

huertas-03Texto: Alberto Sánchez Maratta

La raza de los pintores viajeros parece no tener fin en Latinoamérica.
Quizás por sus extendidas distancias, tal vez a causa de un horizonte siempre esquivo, que
parece huir permanentemente más allá de nuestra mirada, la pintura parece signada entre
nosotros por su condición nómade.

Segundo Huertas Aguiar vivió su niñez en Médano de Oro, pero una vez que decidió probar
suerte como pintor en otros lugares, nunca dejó de viajar, y sus obras son, precisamente, una
invitación a vuelos imaginarios a través de uno de sus principales motivos: el paisaje.
Estos paisajes mezclan la pasión por el detalle de un botánico (constatar la exactitud con las
que se consignan ciertas especies locales) con las escenas de una road-movie, especialmente en
el registro de los cielos: inmensos, atravesados por una luz sin tiempo; la retina del viajero los
registra con una precisión que va mucho más allá de la instantánea, y que sitúa nuestra mirada
en una zona en la que cualquier referencia temporal o espacial se alteran.

Les propongo una visita imaginaria, breve, pero tal vez reveladora. Médano de Oro, más de
medio siglo atrás, un rincón de campo, una sombra de un árbol cualquiera. El ruido ambiente
es sólo eso: campo. Y bajo ese árbol, un chico ensaya pintar con un pincel de pelo de caballo.
El caballo está allí cerquita, tan cerca que se puede sentir cuando arranca un poco de pasto y lo
mastica. Los colores que usa el pequeño pintor son también fabricados por él: aceite de linaza,
arcilla, yuyitos y lo que sea de algún color, sirve. Pero entonces, desde los pelos de caballo de
su pincel, aparece un paisaje. Y en los ojos y la mente de Segundo, aparece ni más ni menos que
la luz.

Este viaje, esta visita imaginaria, en verdad podemos hacerla siempre. Las hermosas máquinas
del tiempo son, por supuesto, estas pinturas.

Pienso que aunque luego aquel chico fue un pintor respetado y conocido que pudo vivir de sus
obras, nunca dejó de pintar con sus colores inventados, con aquel fantástico pincel de pelos
robados a un caballo. Me olvidaba; ese caballo se llamaba «El Manquito»…

Y el tiempo parece haber pasado, Médano de Oro es ahora menos silencioso, pero la sombra y
la luz permanecen. Allí, en algún rincón. Y en estas pinturas.

huertas-13

«Vengo a vivir de la pintura» les dije a mis parientes, así nomás. Y, claro, se rieron.
Pero viví de la pintura, siempre.

huertas-12 huertas-08

«Inspiración», yo no creo en esa palabra. Para mi «inspiración» quiere decir «sudor y
lágrimas», como decía Churchill.

huertas-07

huertas-06

La pintura es como una droga, cuando entra por la piel, entra en el alma. A veces uno
necesita pintarse los dedos para sentirse contento. Es increíble.

huertas-05 huertas-04

Me parece que la vibración que te da la pintura te hace olvidar de muchas cosas. Te
hace olvidar de lo material, vivís de otra manera, vivís en otro mundo.

huertas-02

Para mí, «la luz» es la vida. Me gustan los colores cálidos. Los colores fríos me dan
tristeza. No me gusta la nieve. Me gusta el sol, me gusta el desierto, donde el sol manda,
ordena.

huertas-01

 

fotos de las obras: cortesía Mónica Huertas

 

facebook comments: