El Edén del Adolfo

eden-hotel-01Hotel De Las Nostalgias

Música de Elvis Presley

Nosotros
los adolescentes de los años 50
los del jopo en la frente
y el pucho en la comisura

los bailatines de rock and roll
al compás del reloj

los jóvenes coléricos
maníacos discomaníacos

dónde estamos ahora
que la vida es de minutos nada más

asilados en qué Embajada
en qué país desterrados

enterrados
en qué cementerio clandestino

Porque no somos nada
sino perros sabuesos

Nada
sino perros

Oscar Hahn[i]

Por Leonardo Iglesias Contín – Ilustraciones: Joel Salinas

En el documental La Huida de Hitler, se cuestiona que el cráneo mantenido por años en Rusia fuera del mismo Adolf. «El hueso del cráneo era demasiado angosto; los masculinos tienden a ser más robustos», desgranaba el caso Nick Bellantoni, arqueólogo especialista óseo de Connecticut, al diario inglés The Guardian. «Y las suturas donde se juntan las placas del cráneo parecen corresponder a alguien de menos de cuarenta años», agregó el científico. Cuando se registra su muerte, abril de 1945, Hitler acababa de cumplir 56 años.

Casi un caso de escapismo. Aunque, para contar la historia de El Edén, vamos a retomar la historia oficial.

En el hotel ya no quedan nazis[i]

La primera oleada huyó el 30 de abril de 1945 cuando Hitler llevó el arma a su cabeza y se atravesó la sien. El disparo que acabó con el desbocado sueño de conquistar Europa impactaría en las demás estructuras orgánicas del partido. Y el Edén Hotel, el lugar de descanso más fastuoso de Sudamérica, había comulgado con lo proferido por el líder alemán. Había sido un refugio. Se calcula que al Cono Sur ingresaron más de nueve mil nazis confesos. Más de la mitad se escondieron en Argentina: 180 de ellos fueron jerarcas, algunos de los cuales optaron por la profundidad de las montañas para invernar de la justicia. Otros, eligieron Córdoba.

Cuando el fin de la Segunda Guerra Mundial aún olía a carne quemada, los dueños del Hotel decidieron que era el momento de rearmar la retaguardia. Limpiar sus veredas de esvásticas. Y empezar a contar que en sus suites se alojaron las familias de la oligarquía nacional, presidentes, el Duque de Saboya y el de Gales. Allí actuaron los mejores artistas de Argentina. Allí almorzó Albert Einstein, en 1925, llevado por una comitiva de científicos de la Universidad Nacional de Córdoba.

Sin estas historias de ilustres y oscuros inquilinos, el relato que conocemos sobre el Edén sería uno entre tantos. Lo que alguna vez fue una condena, hoy parece una celebración. Y aunque se antoje su mejor pesadilla, el hotel no sólo vivió de nazis. El Edén Hotel fundó un pueblo. Y ésta es su historia.

Fitzcarraldo

Fitzcarraldo gritaba:

¡Tan cierto que estoy aquí!
¡Algún día traeré una ópera grandiosa a la selva!
¡Soy… Mayoría!
¡Soy los billones!
¡Soy el teatro en la selva! ¡Soy el inventor del caucho!
¡Sólo a través de mí el caucho se hace palabra!
(Diálogo de la película Fitzcarraldo, de Werner Herzog, 1982)

La tradición oral dirá que un día, cabalgando por las sierras de la provincia de Córdoba, Roberto Bahlke, un ex militar alemán que había llegado a nuestro país en 1890, soñó un hotel. Imponente. Y decidió que era el momento de construir el propio. Tenía sólo 30 años. La tradición oral, que es el costado sensible de la historia, no suele ser cierta. Bahlke viajó a Buenos Aires a buscar apoyo económico. A su regreso el grupo financiero Tornquist y el suizo Juan Kurt, vicecónsul honorario, aportarían parte del dinero. El 19 de agosto de 1897, compró el terreno al portugués Cassio Lanari, al tiempo que se asociaba con la empresaria hotelera María Herbert de Krautner.

El Edén fue el comienzo de todo. Su primera gran morada. La mitad del perímetro de lo que hoy comprende La Falda, que para el inhóspito enclave montañoso de fines de 1800, parecía más que un consuelo. De los éxitos se encargó el tiempo. El franeleo de los oportunistas acabó con el resto. En 2004, durante mi primera visita al Edén Hotel, los años de esplendor anclaban en las herrumbradas escalinatas de mármol de Carrara. No había quedado nada. Las garras de los lugareños lo habían dejado desnudo.

Las respuestas estaban a la vista. No ameritaban ningún peritaje. El Hotel, de los años nacientes del alemán Robert Bahlke, sólo conservaba como patrimonio: parte de la usina, los pisos belgas, una silla, los espejos de la recepción, una máquina de planchar, una máquina de secar, las molduras y los leones de la entrada. El resto del saqueo dormía en las casas de los vecinos de un pueblo que iba a adoptar el silencio como verdad.

Metrópolis

¡Vamos a construir una torre que llegue hasta las estrellas!
Habiendo concebido Babel, incapaces de construirla ellos mismos, mandaron miles de personas que lo hicieran por ellos.
Pero los que trabajaban no sabían nada de los sueños de los que planearon.
Y a las mentes que planearon la Torre de Babel no les interesaba nada los trabajadores.
Los himnos de alabanza de los pocos se convirtieron en las maldiciones de los muchos.
Entre las mentes que planifican y las manos que construyen, debe haber un mediador, y éste debe ser el corazón.
(Extracto de la película Metrópolis, de Fritz Lang, 1927)

En 1897 tampoco había rastro. De nada. Sólo el Ferrocarril, que había sido inaugurado cinco años antes presagiaba algún cambio en la futura ciudad de La Falda. Hasta entonces, Estancia La Falda. Lo cierto es que Balhke, luego de comprar las hectáreas y seducir a Krautner, decidió iniciar el montaje. La entrada al paraíso tenía su lugar, La Falda. Pero antes había que construir el paraíso. Más de quinientos hombres trabajaron, día y noche, para ensamblar tamaña estructura. El portón principal de tres metros de alto por cuatro de ancho sería instalado a los pies de la actual ruta nacional 38. Sobre la estación del servicio del Automóvil Club Argentino (ACA). Allí arribaron el 26 de diciembre de 1898 los primeros visitantes.

A pesar de la dificultad de acceso, el Hotel, ubicado a 70 km de la capital provincial, se convirtió rápidamente en un pulmón de clase. Tenía usina a vapor que generaba luz propia, salón de lectura, parques recreativos y el confort –y la seguridad- que demandaban las familias locales más adineradas. Los ricos dormían en suites, los solteros en sus habitaciones especiales, las institutrices y servidumbre –una cada dos turistas- lo hacían en el subsuelo del Hotel. Pero en 1904, la primera crisis económica hizo trastabillar el cierre parcial de la obra y el suizo Kurt abandonó el faraónico proyecto. El Edén quedó en manos de Krautner. Lo manejaría, en soledad, hasta 1912. Con ella, el Edén cerraba su primera etapa. Los alemanes, por su parte, comenzaban a trazar su segundo y más preciado reinado.

En el despunte del Siglo XIX, las familias más aristocráticas de nuestro país no se quejaban por viajar en tren. Era un privilegio de pocos. No importaban las distancias, sólo se hacía imprescindible respetar la tradición que habían adoptado de Europa: cambiar su residencia durante el verano. El destino elegido por excelencia era Mar del Plata. Sin embargo, a la ciudad costera le iba a surgir, hacia el 1900, un duro competidor: la tuberculosis.

La provincia de Córdoba, en ese sentido, presenta un clima sin la intermitencia que devuelve la brisa del mar, seco y soleado, en buena parte de su topografía. Por aquellos años: el mejor antídoto para el Bacilo de Koch. El único conocido. Las familias más pudientes pagaban el boleto de estadía en un sitio en donde las enfermedades iban a estar siempre prohibidas. La Falda promovía un refugio contra la enfermedad que hacía estragos en el mundo. En 1910, las publicidades se encargarían de destacar el clima de la provincia serrana. Lo cierto es que Roberto Bahlke y María Herbert de Krautner habían detectado dos nichos de negocios: el placer y la enfermedad. Aunque en los cerros no iba a haber nunca tuberculosis.

La vida de los otros

«¿Puede un hombre escuchar esta música, escucharla de verdad, y ser una mala persona?»
(Extracto de la película La Vida de los Otros, de Florian Henckel von Donnersmarck, 2006)

Walter y Bruno Eichhorn cruzaron la cordillera chilena junto a sus esposas Ida Bonfert y Margarita Clever. Los hermanos, venidos de Sajonia, desembarcaron en La Falda y lograron muy pronto un espacio en la escena hotelera de las sierras de Córdoba. Tan pronto que el 15 de mayo de 1912 la Estancia La Falda y Edén Hotel -como se conocía al predio de 900 hectáreas-, propiedad de la señora Krautner, cambió de mando. Con los Eichhorn comenzaría un período de prosperidad. Pero sería Ida, la mujer de Walter, quien se convertiría en símbolo y patrona del hotel.

El siglo exigía cambios. Y los Eichhorn ejecutaron dos movimientos. En primer lugar, decidieron que era el momento de lotear algunas hectáreas. Así nació el primer plano de urbanización que iba a convertir a La Falda en una ciudad. Eso sucedió el 17 de noviembre de 1913.Un año más tarde –exactamente el 12 de diciembre de 1914- se escrituraría el primer lote.

En segundo lugar, iniciaron con el dinero recogido por el loteo, una serie de reformas en esa gran estancia art nouveau que brillaba en el Valle de Punilla. De una estructura simple, de estilo francés, el Edén pasó a contar con cien habitaciones -la mitad con baños privados, una novedad para la época- y suites presidenciales en donde se alojaron los presidentes Julio Argentino Roca, Figueroa Alcorta y Roberto María Ortiz. Un salón comedor para 250 personas; un salón de fiestas con orquesta propia que debía tocar, mientras los pasajeros cenaban para despistar los ruidos provenientes de la cocina y un Teatrino en el patio interno donde actuaron, entre otros, el músico y actor René Cospito, el cantante de tangos Hugo del Carril y la poeta Berta Singerman.

eden-hotel-02El ocio, la diversión y el deporte se habían convertido en sanos artilugios para potenciar el status social dentro de los sectores más acomodados de la sociedad argentina. En efecto, el Edén disponía de una caballería de 150 animales para las cacerías de zorros, una cancha de golf de 18 hoyos en el Monte Olimpo, una de tenis, una de criquet y una pileta semi-olímpica que permitían respetar esos imperativos sociales.

En la década del 20 el Hotel se autoabastecía. Era un all inclusive del Siglo XX que poseía, además, una caja fuerte que oficiaba de banco del pueblo y una estafeta postal desde donde el pasaje y la administración enviaban los telegramas. Las cartas llegaban del extranjero con la inscripción “Edén Hotel – Argentina”. La noche costaba ocho monedas de oro y la estadía mínima era de tres meses. Las familias ricas arribaban con sus choferes, criadas e institutrices. Por su parquet esloveno y sus mosaicos belgas caminaron los apellidos más castos de la oligarquía argentina: Blaquier, Anchorena, Rocha, Bunge, Montes de Oca, Torquins y Alemán, entre otros. Como así también los de la realeza europea: el Príncipe de Gales y el Duque de Saboya. Aunque no todo fue realeza. Por sus instalaciones pasaron también el cuerpo de baile del Follies Bergére de París y, en 1925, Albert Einstein. Su foto rodeado de colegas y curiosos, ese domingo de Pascua, en las escalinatas, congeló un tiempo y propagó el mito. El Edén quedaba en La Falda. Y La Falda en el Hotel.

El tambor de hojalata

«Sólo cuando el anochecer exprimió el cielo de octubre de una llovizna oblicua y un crepúsculo color de tinta cuando la emprendieron una vez más de prisa y sin gana, contra un mojón lejano que se abnegaba en la oscuridad y, liquidado éste, abandonaron la partida.»
(Extracto del libro de Günter Grass sobre el que se basa la película El Tambor de Hojalata, 1979, Volker Schlöndorff.)

En 2012 recorro un lujo que sólo está en las fotos y en algunos objetos recuperados. A los habitantes de la zona les gusta repetir que «las máquinas no se las robaron porque son para trabajar». La ironía que encierra el comentario rebota por las calles de La Falda. «Los unos creen que con firma inocente / pasarán de seguro a la posteridad / los otros confían que musa clemente / no los mate al ver tanta barbaridad», escribió en su visita, en 1901, Rubén Darío. La mirada del gran poeta nicaragüense es la mirada de las mil personas que a diario, en verano, visitan las instalaciones del Hotel y abonan 23 pesos por el ticket de entrada (unos 5 dólares). Y que, aún hoy, en el Siglo XXI, sigue sorprendiendo por su arquitectura y asombrando por la robustez de los cimientos que han logrado soportar los embates de la desidia. Y lo observo.

Dos torres octogonales en cada extremo. Ocho columnas. Los vidrios de las torres con forma de ocho. El número ocho que se dibuja imaginariamente en los pisos. Y ocho, las ánforas con los jarrones que se alinean sobre el techo frontal del edificio. Lo pliego, imaginariamente, hacia adentro en una asimetría perfecta. Descarto alguna relación frágil con lo esotérico. Sólo me cuesta creer que el ocho esté asociado tan ligeramente a la octava letra del abecedario: H. Y que esa H sea la de Adolf Hitler.

Los asesinos están entre nosotros

Poco antes del estreno, se decidió que Ernst “Wilhelm Borchert”, actor principal, no iba a ser mencionado en los carteles y en los créditos, ya que él había falsificado sus formas de «desnazificación». Había omitido que había sido miembro del NSDAP desde 1933, aunque más tarde resultó que su conexión con el partido no había producido mayores consecuencias.
(Información del estreno de la película Los asesinos están entre nosotros, 1946, Wolfgang Staudte)

Quedan sólo dos nietos de Ida Bonfert de Eichhorn. Son octogenarios: Antonio Ceschi di Santa Croce y su hermana Verona. Ambos viven en La Falda. Esta última habló por última vez con la televisión alemana, en 1995. Tony, como lo conocen aquí, con el diario Clarín, en 1999. La familia Ceschi atesora, como un secreto de estado, cartas, objetos y fotografías que demostrarían el vínculo de sus abuelos con el incipiente, por entonces, líder alemán.

Lo cierto es que los viajes de los Eichhorn a Alemania se volvieron frecuentes. En 1933 el Edén Hotel ya era un búnker nazi. Habían adaptado el paisaje. Ahora era el momento de instalar las ideas. Sin perder el tiempo los Eichhorn diseñaron la estrategia a seguir. En el Edén se empezaron a dictar clases de alemán, a exhibir cine panfletario y a organizar fiestas en el Club Alemán –que funcionaba en las cocheras del Hotel- con el objetivo de recaudar dinero que luego era enviado para la campaña. El 30 de enero de ese año, Hitler se consagraba Canciller de Alemania.

Un documento de la Oficina Federal de Investigaciones norteamericana (FBI) que se logró desclasificar, a fines de la década de 90, revela que los dueños del Edén fueron destacados contribuyentes del ascenso de Hitler al poder. El cable fechado el 17 de septiembre de 1945, en Washington, asegura, además, que Ida Eichhorn colocó íntegramente su cuenta bancaria a disposición de Joseph Goebbels”. Ella tenía una foto del jefe de la propagada nazi en su mesa de luz.  Ella junto a su esposo serían invitados en 1935 a la Cancillería del Reich para ser condecorados por el propio Führer con un diploma de puño y letra.

El 1 de septiembre de 1939 Hitler atacó Polonia. Alemania impelía así la Segunda Guerra Mundial. La Falda la viviría con la intensidad de la distancia. Cuentan que en 1942, en el Club Alemán se proyectaban imágenes de Hitler durante sus presentaciones en público y que una antena clavada en el techo retransmitía sus enérgicos discursos. Busco rastros de la antena mientras no puedo dejar de admitir que el águila de un metro de alto por dos de ancho en el frontispicio del hotel, junto a los discursos de Hitler, infundiría temor por aquellos años. Pero el águila con su lema «Bajo la sombra de tus alas protégenos», no está. Y la antena tampoco.

El fin de la Guerra proclamado el 30 de abril de 1945 interrumpía poco más de una década de licencia ideológica.  El libro de visitantes del Edén, adeptos al Tercer Reich, incluiría a parte de la tripulación del acorazado Graf Spee y a ocho diplomáticos japoneses. El Edén Hotel comenzaba, paradójicamente, a añorar sus años de esplendor. El estupor causado por la derrota del régimen, dejó sin reflejos a los dueños y todo se derrumbó.

Corre Lola Corre

“El hombre. La especie más misteriosa de nuestro planeta. Un misterio cargado de incógnitas. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Cómo sabemos lo que creemos saber? ¿Por qué creemos en algo? Un sinfín de preguntas que buscan respuesta, una respuesta que planteará una nueva pregunta… y su respuesta a su vez una nueva pregunta y así sucesivamente… Pero al fin y al cabo, ¿acaso no se repite siempre la misma pregunta, a la que sigue siempre idéntica respuesta?”
– La pelota es redonda. El juego dura 90 minutos. Hasta aquí muy claro todo. El resto son teorías… ¡Allá vamos!
(Extracto de la película Corre Lola, corre, 1998, de Tom Tykwer)

El Edén Hotel que representa -y siempre representó- el primer atractivo turístico de la ciudad- y uno de los principales de la provincia de Córdoba-, no pertenece más a La Falda. En 2005 el Concejo Deliberante Municipal aprobó, por unanimidad, los pliegos de bases y condiciones para concesionar, por treinta años, el mítico establecimiento. En octubre del año siguiente, la firma Emprendimientos Edén SA se quedó con todo. Desde entonces pagan un alquiler simbólico de 750 pesos por 7500 m2 de superficie. Y son dueños de sus propias decisiones. Y del Edén.

Entre las exigencias redactadas por los funcionarios faldenses de turno, encabezados por el anterior intendente local Marcos Sestopal, se lee: «la empresa acreedora de la licitación deberá realizar una inversión mínima de diez millones y medio de pesos -unos 2,4 millones de dólares-, un hotel 4 estrellas de nivel internacional con casino y un museo o centro cultural, respetando la fachada y estructura histórica del edificio.»

El grupo empresario lo maquilló mejor: se comprometió a invertir 7,5 millones de pesos (poco más de 1,7 millones dólares) en los primeros diez años. De acuerdo con expresiones vertidas en su momento a medios provinciales por Gustavo Bravo, uno de los titulares de la firma, «el dinero incluirá la remodelación total del hotel adaptándolo a las exigencias de un establecimiento de cuatro estrellas superior, la habilitación de un sector como spa, la creación de un parque temático, canchas de tenis y las primeras 22 habitaciones». En la próxima temporada el Edén «funcionará como un centro cultural y artístico con espectáculos, visitas guiadas y una confitería que será ampliada. Recién a fines de 2007, el Edén estará en condiciones de brindar el servicio de hotelería a los visitantes, con habitaciones de lujo que funcionarán en el anexo.»

El cielo sobre Berlín

Cuando el niño era niño andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente y que este charco fuera el mar.
Cuando el niño era niño no sabía que era niño,
para él todo estaba animado
y todas las almas eran una.

Cuando el niño era niño no tenía opinión sobre nada,
no tenía ninguna costumbre,
se sentaba en cuclillas,
tenía un remolino en el cabello,
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.
(Poema de Peter Handke, extracto de la película El Cielo Sobre Berlín, 1987, Tim Wenders)

Repaso cada parte: el centro cultural y artístico, las visitas guiadas –que se realizan hace muchos años- y la confitería ampliada, funcionan. El servicio de hotelería con habitaciones de lujo, que prometieron hace cinco años: no. Pero no estoy detenido en su remozada fachada para contar que alguna vez las vigas del hall central –antiguo salón comedor- temblaron con la canciones de Mercedes Sosa o Estela Raval y los Cinco Latinos, desoyendo los efectos secundarios que produce la vibración de las estructuras. No estoy para decir que aquí se realizan casamientos, cumpleaños y agasajos privados. Ni que en el casi centenario salón comedor de niños funciona un pelotero (juegos para niños). Ni siquiera para relatar en qué consiste el paintball –un juego en el que se disparan bolas de pintura contra un enemigo-que se disputa en los antiguos jardines del hotel. No.

Estoy para decir que se han quedado sin hotel.

Se han quedado sin historia.

 

Noches de hotel

Se distraen las penas en los cuartos de hoteles
con el heterogéneo concurso divertido
de yanquis, sacerdotes, quincalleros infieles,
niñas recién casadas y mozas del partido.

Media luz…
Copia al huésped la desconchada luna
en su azogue sin brillo; y flota en calendarios,
en cortinas polvosas y catres mercenarios

la nómada tristeza de viajes sin fortuna.
Lejos quedó el terruño, la familia distante,
y en la hora gris del éxodo medita el caminante
que hay jornadas luctuosas y alegres en el mundo:
que van pasando juntos por el sórdido hotel
con el cosmopolita dolor del moribundo
los alocados lances de la luna de miel.

Ramón López Velarde[i]

 


[i] Excepto el primero, todos los títulos de este artículo corresponden a clásicos del cine alemán.[i]Óscar Arturo Hahn Garcés (Iquique, 5 de julio de 1938), poeta, ensayista y crítico chileno, integrante de la generación literaria de los años 1960, Premio Nacional de Literatura.
[i]Ramón Modesto López Velarde, nacido en Zacatecas en 1888, fue un reconocido poeta mexicano. Su obra suele encuadrarse en el postmodernismo literario. En México alcanzó una gran fama, llegando a ser considerado el poeta nacional.

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