La vecina y la mujer

Texto: Ernesto Corona – Ilustración: Joel Salinas

Claras, tumultuosas, desalineadas. Carnosas, firmes, chatas y petisas. Frontales, castigadas, cuenteras, tutoras, santiguadas, compañeras y pares. Claro que pares. Las rodillas de las vecinas suelen ser pares. Y en esas rodillas, las de las mañanas frescas de junio o las templadas de noviembre, se resume mucho más que la coyuntura de las piernas.

La vecina y la mujer

Si la anatomía no traiciona el común fluir del cuerpo, avanzando apenas algunos centímetros hacia el piso, desde las rodillas, nos toparemos con el primer doblez de las medias. Doblez que determina el inicio de una serie de pliegues en el algodón generalmente claro, crema, beige, celeste, blanco, rosa, nunca rojo, ni púrpura, menos magenta o aún fucsia. Medias que asfixian el talón, enfundándolo con una enjundia temeraria, presionando vasos sanguíneos de la pantorrilla laburante, firme, lampiña y decidida. Bajo el talón, la mueca posible de un par de, ya entradas en años, zapatillas chatas o pantuflas viejas, oscuras, de suela lisa no apta para lluvia ni alguna de sus falsas variantes vernáculas: baldeada o manguereada.

Si se observa con atención la pisada de la vecina, se verá un irregular alineamiento de las plantas de los pies entre sí. Un extraño paralelismo poco logrado, algo así como una parte de cada pie en levitación, generalmente ocasionado por juanetes jodidos, poco compañeros, que huyen del bisturí como el Correcaminos lo hace del Coyote.

Es que las vecinas, en San Juan al menos, tienen su Olimpo propio, mínimo y barrial. Mitología que les da, en su zona de influencia, un poder equivalente al de Afrodita o Venus. De hecho, alguna vez un antiguo legista municipal se empeñó en otorgarle títulos nobiliarios al estilo de Condesa de Los Desamparados y Rivadavia, Duquesa del Albardón y las Faldas del Villicum, pero esto quitaba la posibilidad del reinado singular, humilde, en pequeñas parcelas de los barrios y sus casas, limitadas por las juntas de alquitrán de las veredas, el agua de las acequias o la tierra floja de los barrios más elementales. Mejor ser La Vecina del Lado. Mucho mejor si la vecina es mi vecina. Porque eso me adjudica propiedad; es mía y la puedo mirar por la ventana las veces que quiera y pueda, para volver a lo maravilloso de esa simpleza y ejecutividad que muestran para cachetear la tierra de los rebordes de la calle. Claro, las veredas, en algunos lugares no tan lejos del centro, del downtown sanjuanino, siguen siendo total o parcialmente de tierra. Y en San Juan, la tierra ensucia. Es una tierra empiojadamente suelta, caprichosa, con añoranzas de viento zonda y complejo de polvo estelar. El polvo sanjuanino, acá conocido como tiesha, tiene una característica física única: durante el viento zonda, se imanta a los ojos. Es decir, permanece en estado de reposo hasta que un furioso viento seco, caluroso, vómito del infierno, lo despierta. En ese preciso instante, todo el polvo de tu alrededor, absolutamente todo, se imanta a tus ojos, produciendo un efecto de ceguera temporal conocido como la ceguera del Arrepentimiento Geográfico (por aquello de “quién me manda a nacer aquí”).

Allí, en el duelo del polvo, es donde la magia de la vecina toma vuelo propio. La vecina, conocedora del polvo sanjuanino y su maldita crueldad ocular, despliega toda su magia alquimista, heredada de ancestrales culturas: riega la vereda y parte de la calle por si viene viento, pasan autos o aterrizan naves interplanetarias (todos sabemos el tierral que levantan las naves interplanetarias). Riega de manera continua, aunque imperceptible. Y lo puede hacer con manguera (las iniciadas), con balde (las del siguiente nivel) o con jarrito de aluminio o enlozado (las supremas). Las últimas logran, con un jarrito simple, ninguneado, regar superficies de hectáreas y aquietar el polvo como si lo hubieran pavimentado los muchachos de Obras Públicas. El secreto está en la muñeca. El zig-zag de la muñeca, el juego óseo suave e imperceptible del escafoides, el cúbito, el radio, logran una cobertura húmeda que ni Noé y el arca hubieran aguantado.

Las vecinas tienen además una cadera que no cabe en el olvido. Algunas por tamaño, otras por curvas. Pero ninguna, absolutamente ninguna, se puede olvidar. Soportan las ilusiones primerizas de los más pibes, los piropos de los albañiles y los arrimes de los soderos. Caderas cubiertas generalmente por vestidos floreados livianos, con botones atrás y hasta abajo y delantales por delante. Vestidos que son tímidamente irrespetuosos con las rodillas mencionadas, negándose a cubrirlas. Vestidos que permiten, también, abrir las piernas un poco más que menos. Como para pararse haciendo buena base, por si hay que discutir un vuelto con alguien de frente. Las vecinas saben que el ceñido no ayuda a la estabilidad.

Los brazos, a menudo blanquecinos y generosos de superficie, quedan enteramente descubiertos. Y el pecho, a presión. Muy justo. Con botones exhaustos, arrinconados, morados de aguantar la explosión. La vecina es amplia de pecho, redonda y orgullosa de lo que lleva. No oculta los breteles que sostienen sus aspiraciones, así como el Golden Gate no esconde los cables colgantes que lo sustentan. Toda obra importante que se precie, exhibe sus fundamentos sin recelos.

Suele, el pañuelo, coronar el cuadro. El pañuelo es irrespetuoso de los colores. Es la fiesta del cuerpo con sus azules, rojos, cremas, verdes y naranjas. Con sus finos bordes claros y sus puntas escapando del nudo como flechas opuestas. La cabeza pasea el pañuelo, pañuelo que es la conexión con la esperanza diaria, el que protege la artesanía del peine ancho de peluquería del último sábado.

La vecina, como la mayoría de ellas, tiene cara. No es fácil ejercer la vecindad sin ella, dada la imprescindible configuración que ésta aporta a la figura completa. Aunque su forma, modo y distribución no es algo simple. La vecina tiene, como objeto primario en su cara, una boca especialmente diseñada para conversar y una lengua que ayuda al grito fácil, a la vociferación continua. Pero también al saludo cordial, ese saludo que nunca es compartimentado y preciso. Es inviable el “buenos días” dado que presupone un desinterés mayor, nada detallista y ocupado en el otro. El saludo se completa con la consulta bienintencionada, la mayoría de las veces, por el estado de salud de los parientes inmediatos, la parición de la “Blacky”, el estado de gravidez de la nuera, la duración cada vez menor de las manzanas que trae el Trompa Suárez, sí, el verdulero, el de la camisa estrangulada por el abdomen y los vellos canosos del pecho de un largo apropiado para trenzar.

Los ojos de la vecina suelen venir de a dos. Son ojos generalmente limpios, ojos de mañana, de cara lavada. Ojos que cuelgan de impostoras cejas mínimas, líneas de lápiz trazo fino, que se adivinan de gruesa estirpe disimulada por el implacable picoteo de las pinzas y el espejo de mano. Hay en los pómulos, en las mejillas, un vuelo rasante de rubor, para “no salir así, toda desarreglada a limpiar a la calle”.

El lampazo que acompaña a la vecina cuando ésta sobrevuela la vereda, es como un joystick a dos manos que abrillanta, como un micrófono que la pone a cantar “Makin’ Whoopee” como lo hacía Michelle Pfeiffer en su escena más hot de los “Fabulosos Baker Boys” sobre el piano de Jeff Bridges o el “Let’s do it” de Kim Basinger para Alec Baldwin en “Esa rubia debilidad”. El lampazo se vuelve mucho más que un elemento de limpieza. Es un transportador sobrenatural, una nave interespacial, el curador de baldosas. Es soporte de mareos, defensa de arrebatadores y tibio compañero de madera, despeinado y silencioso. El lampazo tiene todo lo que una vecina sueña en un hombre: cuerpo delgado y largo, bronceado y brillante a la altura donde se lo toma, cabello oscuro y desordenado, habla poco, y cuando se lo toma entre las manos, duro y firme, hace lo que tiene que hacer.

La vecina tiene un silencioso pacto con las compañeras de barrio: han parcelado el espacio y el tiempo para reinar cada una en su distrito. No hay interposiciones, no hay invasiones ni caballerizas cruzando líneas de alquitrán o verdes bordes de pasto. No hay acorazados en las acequias acechando ni leones marcando terreno en los gnomos del jardín.

La vecina contiene, en los pliegues de sus manos, la verdad universal más codiciada. El secreto de la comunidad. La verde esperanza de la convivencia. Cada noche, la vecina, al dormir, guarda el secreto en la mesa de luz y se disfraza de mujer. Y ahí empieza el lado piel de la historia.

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