Nosvemos

Jack Daniels, reposando cabeza abajo en el reloj de pasto de la plazoleta Julieta Sarmiento, miraba el horizonte extraviado. El horizonte.

- Oye, Bitter – dirigiéndose a Bitter Luna, obvio.
- Dime, Jack.
- El horizonte se ha extraviado.
- Llama al 911, Jack.

Bitter sufría a menudo los embates de Jack solicitando encontrar objetos extraviados. Inclusive amores juveniles que dejó en Tennessee, antes de embarcarse en la búsqueda del Alacrán Azul (Revisar VLOV 1, donde se cuenta la historia primigenia de Jack Daniels y cómo éste dio con San Juan.) en las tierras sanjuaninas.

- Óyeme, Bitt.
- Te oyo.
- ¿Recuerdas el Peugeot 504,modelo setentisiete en el que solía cabalgar?
- Claro, Jack, ¿cómo olvidarlo?
- Me pasó algo extraño con él, la tarde del miércoles que ya decidió partir.

La prosa alegórica de Jack era un tanto arjoniana, como aquello de “minutos, son cadáveres del tiempo”. Sólo que Jack es realmente cool. Es de Tennessee.

- Dices, el miércoles… ¿pasado?
- Ése.
- Pero Jack, eso fue hace dos días.
- Así es. Desde ese momento que no regreso al auto. Estoy desconcertado.
- ¿Qué pasó Jack?
- Me cambiaron el auto por una tarjeta del futuro.
- ¿De qué estás hablando Willys?- dijo parafraseando al gran Gary Coleman.

Jack sintió el llamado aurífero del Santo Anecdotario. Su hipotálamo empezaba a bombear endorfinas, mientras los recuerdos se tejían entre las terminaciones neuronales. Bah, se acordaba de algo.

- Venía de mi última expedición al Encón, de buscar alacranes. Tú sabes de las tierras secas y los páramos que suelo frecuentar en esos viajes. Pero cuando entré al centro de la ciudad, el escenario fue mágico y desolador a la vez. Los lados derechos de las calles estaban delineados como en la Matrix. Líneas blancas marcaban renglones paralelos a los cordones brillantes. Números y letras de compleja estructura pasaban ante mí, numerando el vacío con colores negro y amarillo. Se formaban nichos ubicuos, rectangulares y simétricos. Los había por todos lados.
- Jack, otra vez estuviste comiendo las semitas super-special de la Semicienta. (Desde que Doña Francisca consiguió la receta del brownie de cannabis, esas semitas son explosivas).
- No Bitt. Créeme. Mientras recorría con mi máquina ronroneante aquellos repositorios numerados, especie de cabañas virtuales en 3D, veía extraños seres de azul. Un poco más grandes que un Pitufo, pero igual de racionales, merodeaban el lugar con armas inalámbricas en sus manos, controlando todo lo que pasaba en derredor.
- No puedo creer lo que dices.
- Bueno, no es nada distinto de lo que normalmente ocurre. Nunca me crees.
- Pero es que esta vez no puedo creer lo que creo escuchar.
- ¡Oh!. ¡Qué planteo complejo!.
- Y… ¿cómo continuó la travesía?
- Déjame que te cuente, limeña.

Jack paró de hablar. Repentinamente. Se incorporó mediante una tumba carnera cayendo en el reloj de piso, entre el seis y el siete. Fue por un momento “las y treintaytres”. Arrodillado, hurgó en sus bolsillos del mameluco de Animal Planet, y extrajo una extraña petaca con la forma del monumento al deporte que se exhibe en el Parque de Mayo y, desenroscando su tapa con manos de seda y uñas de gusano, bebió un trago de una grapa caucetera hecha con hollejo de uva chinche. Luego bebió un segundo trago, más largo. Al tercer trago, Bitter le dio una cachetada y lo miró firme a los ojos:

- ¿Vas a terminar o no?
- Es que fue muy duro, Bitt. Apenas encontré uno de aquellos boxes virtuales y logré introducir mi 504, uno de los seres azules se acercó a mí, amenazante con la máquina en la mano. Subió levemente con el dedo índice derecho la visera de una gorra que rezaba la palabra ECO. ¿Entiendes? ECO es Electronic Change of Ownership, o en criollo del oeste, Cambio Electrónico de Dueño.
- ¿Qué patrañas buscaba ese malamadre?
- Su mirada fue como sostener un elefante en los genitales. Y recién comido. Me dijo: “su tarjeta”. Yo, disimulando, lo miré fijamente y le dije “Sacá el espiche a la bordalesa, que la jarana recién empieza”. Por un momento creí distraerlo pero él insistió, con más señas que palabras, que debía conseguir una tarjeta de alguna manera. Caminé hasta el bar más cercano, con la seguridad de que la tarjeta me libraría de ese extraño conjuro digno de Aldous Huxley.
- No puedo creer lo que me dices. ¿Con qué objeto estos extraños seres querían esa identificación? ¿Comprobaste no ser el único que los veía?
- Por momentos identifiqué a otros parroquianos interactuando tímidamente con ellos. De hecho, mientras me pedía esa tarjeta, veía a otros seres dejar sus movilidades en cubículos contiguos de la Matrix, y salir sigilosamente caminando en cuclillas de manera que el cancerbero azul no los detectase. Magos del escape. Finalmente, conseguí la caprichosa tarjeta y regresé a por el enviado del cielo. Éste tomó mi future-card y la deslizó por el órgano sexual de su máquina-cachorro. Acto seguido, créeme, Bitter, por favor mírame a los ojos: ese androide del diablo vomitó papel.
- No continúes, Jack.
- No puedo, Bitt, VLOV nos paga por esto.
- Continúa, Jack.
- El cyborg me dijo, sin titubear y mientras encendía un cigarro Next con la cola de una iguana que cruzaba la calle: “puedes irte, el auto queda en el lugar”. Me entregó el papel y sólo quise escapar.

Y Jack escapó, en serio. Corrió, corrió y corrió buscando desaparecer del enrejado blanco con estampillas amarillas y negras. Tenía que salir de la Matrix. Llegó al Centro Cívico. Desorbitado, miró alrededor. Tomó carrera, dio un salto entre los álamos, rebotó en el techo móvil del 6 que pasaba camino al centro y cayó de espalda en el reloj de pasto de la Plazoleta Sarmiento. Allí estuvo inmóvil, hasta que lo encontró Bitter.

Este último pudo comprender, luego de un par de días, que lo que Jack describía era el revolucionario sistema de estacionamiento que fue instaurado por aquella inteligencia superior que reside en los claustros contiguos a alguna de las plazas céntricas. La misma que dio entrada a los inconfundibles Transformers que comandan la recolección de los deshechos que pacientemente volcamos en aquellos hervideros transportables de microbios y bacterias, y que adornan la ciudad para disfrute del turista oculto. El comercio generado alrededor de fotografiarse en el momento en que los robots están levantando el contenedor aséptico, es incalculable. Se estima que la mano de obra directa e indirecta generada por el atractivo turístico de la tecnificación de nuestra ciudad, es proporcional a los ingresos que generan las retenciones mineras. Es decir, nada.

- Es que, Bitter, mucho de lo que en esta extraña ciudad ocurre, no se calcula.
- Lo sé, Jack, lo sé.
- Tú siempre lo sabes todo, Bitt.
- No es eso, Jack. Es que la gente sabe muy poco.
- Acabas de definir democracia, Bitt.

Caminaron juntos hacia el Chorisaurio de calle Las Heras. Heras Las hora de un chori.