Rivadavia antes de llegar a Avda. Rioja. Viniendo desde el sur. Frío como para que Don Walt Disney salga con polera y boina reclamando la cura de todos los males. Dentro del cuarto de revelado, un par de rebelados contra la rutina de los inviernos de pocas fotos.
- Pero ¿te fijaste bien Carlos? No puede ser que no aparezca nada. Ni una sombra distraída.
- La tengo en la mano, ¿qué pretendés que haga? No sale nada. Na-da.
- Estaba convencido de que esta mina tenía algo en la casa. Algo extraordinario. Algún visitante imperceptible. Aunque sea un espíritu de segunda. Algo.
- Tu batalla se está volviendo enfermiza, Luis. No sólo te falla la percepción, sino también la brújula. Esta mina tiene menos extrasensorialidad que lo que te quedó del líquido fijador del 98. ¿No deberías cerrar la casa de fotos y dedicarte a levantar alguna bruja?
- Claro. Me voy una de estas noches a los aquelarres del Villicum. Si me levanto una bruja, va a ser una de estirpe.
Allí en el Villicum, Albardón, entre aprendices de mediums y maleficios malparidos, rejuntes de brujas venidas a menos y una que otra reina del rito Umbanda, Luis podría pedir una mano. O la mano de alguna, que no es lo mismo. Pero no sería la otra mitad. Luis había nacido a dos casas de la Parroquia de San Francisco, sobre calle Sarmiento, en Concepción. Parroquia Franciscana, que destilaba en otros tiempos una austeridad silenciosa. La entrada al casco de la iglesia miraba hacia el sur, transversal a la calle. Un improvisado campo de deportes de la Escuela San Francisco, sobre el cemento alquitranado hacía las veces de pulmón entre la iglesia y el resto de las casas de la manzana. Luis niño no tenía mucho que hacer. Sus padres habían levantado la casa a orillas del canal que atravesaba el hígado de la manzana, y a la tarde, luego del colegio y los mandados, el perfume a cebada tostada de la fábrica de cerveza lo invitaba a salir. Cosa extraña en el San Juan que supo fabricar cerveza: los canales de riego, a veces, atravesaban las casas. Como arterias voluminosas, como mensajeros de la nieve. Mucha mística temprana de pibe, mucho santo en estatua venerada. Montones de velas a los Santos. Domingos de correr entre los pasillos para alivianarse de un par de monedas en la canasta de felpa roja de la colecta de los domingos. Gorda carestía de niño en casa, que se atenuaba con los yerbeados y las semitas del Cura Pablo, en la casa parroquial. El mismo que amaba la fotografía. Las primeras fotos de Luis, que el mismo sacerdote lo animó a tomar, fueron con una Argus C3 de 35 mm que el Párroco anterior, José, había traído del norte lejano. Ese fue el inicio, la génesis del fotógrafo devenido en comerciante del revelado.
Tarde de sábado de antes. Otoño en San Juan. Alergia y hojas y partículas. El Parque de Mayo y los álamos. El praliné y los algodones de la tarde. Los que se trataban bien en la tarde para llegarse más profundo en la noche. No muy lejos de allí, Luisito hacía sus primeras armas como fotógrafo, con una adolescencia inminente que ya le hacía doler las piernas. O alrededor de ellas. El pantalón de gabardina largo, planchado con raya. El peinado como cachetazo de miel, la camisa blanca nunca blanca, la colonia Old Spice del viejo.
Los novios terminaban de saludar en el atrio, como se hacía antes cuando saludar no era enviarse mensajes impostados, y Luis prefirió quedarse un tiempo más en la iglesia, a solas. Quizás buscando algún premio entre las pérdidas comunes de los mortales, a los que les sobra algo más que sólo un poco de tiempo. En un momento de silencio absoluto se dio cuenta de que miraba embelesado a una figura de la Virgen, sin poder siquiera moverse. Esa imagen tenía casi la altura de Luis, sobre su pedestal. Sus tenues rosas, celestes y blancos la hacían más cálida. La mirada en la distancia, las manos en oración sobre su pecho. Lo diáfano, lo inexplicable. Fue entonces cuando tomó la cámara y le disparó las 20 fotos que quedaban en el rollo. Como metralla, conteniendo la respiración. Hasta excitado, físicamente. Cuando el Cura Pablo lo descubrió arrodillado, con la cámara en el piso y sudando a chorros, lo tomó de los brazos y le ayudó a reincorporarse. Lo miró fijamente y le dijo:
- Vamos a revelar esas fotos ahora.
El proceso químico mostró lo que el padre conocía muy bien lo que se manifestaba cuando la castidad se cruza con la santidad de una Virgen: en una de las fotos aparecía la cara de una niña muy bella, morena, con ojos de miel y mejillas de pan.
- Luisito, esta niña es una Illuminata. – dijo Pablo temblando, con las manos en las mejillas, con las rodillas de celofán.
- ….
- Has encontrado la mitad de la verdad de tu vida.
Luis sabía que algo definitivo se había presentado. Que no habría tardes luego de esa tarde que supieran a ese otoño. Luis, en su franca torpeza de joven, entendía claramente cuando algo grave se le presentaba en la vida. Como cuando su hermana mayor le dijo que la Vieja se quedaría en el hospital y no volvería. Pero en este caso la gravedad era por el peso sustantivo de lo ocurrido, no por la proximidad de una tragedia.
- ¿Y cómo encuentro la otra mitad de la verdad, Padre?
- El día en que en una foto de una mujer cualquiera, no casta, veas a la Virgen tras ella. Con esa aparición sólo vericable en la fotografía, serás iluminado. No habrá más dudas y tus oídos se llenarán de canciones.
Era temprano, Luis pasaba el lampazo en la vereda del negocio. El frío se dejaba sentir aunque el primer manotazo de la primavera hacía cola para quedarse. Luis sabía que llevaba apenas una centena de miles de fotos reveladas. Y tenía hasta el último hilo de aliento para seguir buscando. La Virgen en la foto. La otra mitad. Aún cuando el revelado moderno cambió de arte alquimista a impostor electrónico, Luis mantenía con ansias la vieja búsqueda de su Illuminata.
Levantó la vista, Carlos venía de recoger los rollos de los clientes que aún juegan con las viejas cámaras, las románticas, las “denserio”. Había una nueva chance. Hora de renovar la ilusión.

